Un discípulo se acercó a su maestro y le dijo:
—Maestro, me siento perdido. Nada en mi vida permanece, todo cambia demasiado rápido.
El sabio lo llevó hasta un río y le pidió que lo observara.
—¿Ves este río? Nunca es el mismo. El agua fluye, cambia y avanza, pero sigue siendo río.
El discípulo comprendió que la vida no se trata de aferrarse a lo que fue, sino de fluir con lo que llega.
La impermanencia es parte natural de la vida. Aceptar que todo cambia nos libera de la angustia de querer que nada se transforme.
Preguntas para reflexionar
- ¿Qué estás intentando retener aunque ya cambió?
- ¿Qué te enseña tu propio “río” hoy?
- Si soltaras la necesidad de controlar, ¿qué espacio nuevo se abriría en tu vida?
