Las emociones no son el problema, la negación sí lo es

Hola,

«No quiero sentirme así», me dijo una clienta mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. Acababa de contarme sobre una situación dolorosa en su familia, y su primera reacción no fue el dolor en sí, sino el rechazo a sentir ese dolor.

«¿Y si no se trata de no sentirlo?», le pregunté. «¿Y si se trata de permitirte sentirlo para que pueda pasar?»

Nos enseñaron que las emociones «negativas» son malas. Que estar triste es debilidad, que el enojo es peligroso, que el miedo es cobardía. Nos dijeron que teníamos que ser positivas, estar bien, ser fuertes.

Pero nos mintieron.

Las emociones son mensajeras, no enemigas

Todas las emociones tienen una función biológica y psicológica. Todas.

  • La tristeza te dice que algo valioso se perdió y necesitás tiempo para procesarlo.
  • El enojo te dice que un límite fue cruzado y necesitás defenderte.
  • El miedo te dice que hay peligro (real o percibido) y necesitás protección.
  • La ansiedad te dice que algo importante está por venir y necesitás prepararte.
  • La culpa te dice que actuaste en contra de tus valores y necesitás reparar.

El problema nunca es la emoción. El problema es cuando la reprimimos, cuando la negamos, cuando hacemos todo lo posible por no sentirla.

Porque lo que negás no desaparece. Se enquista. Se somatiza. Se convierte en síntomas físicos, en patrones destructivos, en explosiones emocionales desproporcionadas.

La diferencia entre sentir y quedarte atrapada

Las emociones no son el problema, la negación sí lo es. Hay una diferencia enorme entre permitirte sentir una emoción y quedarte atrapada en ella.

Sentir una emoción: la reconocés («estoy triste»), le das espacio (llorás, escribís, hablás), escuchás su mensaje («¿qué me está diciendo esta tristeza?»), la dejás pasar como una ola que viene y se va.

Quedarte atrapada en una emoción: te identificás con ella («soy una persona triste»), la alimentás constantemente rumiando o victimizándote, ignorás su mensaje (la sentís pero no la escuchás), te resistís a que se vaya y te volvés adicta al drama.

La clave está en atravesar la emoción, no en evitarla ni en instalarte en ella.

Ejercicio: el diálogo con tu emoción

La próxima vez que sientas una emoción intensa que te incomode, probá esto:

  1. Nombrá la emoción con precisión. No digas «me siento mal». Decí «me siento frustrada» o «me siento sola» o «me siento impotente». La precisión es poder.
  2. Localizala en tu cuerpo. ¿Dónde la sentís? ¿En el pecho, en la garganta, en el estómago? Poné tu atención ahí.
  3. Dale la bienvenida. Literal. Decí en voz alta o mentalmente: «Bienvenida, tristeza» o «Te veo, enojo». Esto desactiva la resistencia.
  4. Preguntale qué necesita. «¿Qué estás tratando de decirme? ¿Qué necesito saber? ¿Qué acción necesito tomar?» Escuchá sin juzgar.
  5. Agradecele y dejala ir. «Gracias por mostrarme esto. Ya escuché tu mensaje. Podés irte cuando estés lista.»

Este proceso puede tomar 5 minutos o 30. No hay prisa. Las emociones se van cuando se sienten completamente, no cuando las apurás.

Cuando mi clienta finalmente se permitió sentir su tristeza sin resistencia, algo sorprendente pasó. No duró horas como ella temía. Lloró profundamente durante unos 15 minutos y luego, una calma que hacía meses no sentía. Como si su cuerpo hubiera estado esperando ese permiso para finalmente soltar.

«No sabía que podía sentirme triste y estar bien al mismo tiempo», me dijo después.

Esa es la paradoja: cuando dejás de luchar contra tus emociones, dejan de controlar tu vida.

Tus emociones no son tus enemigas. Son tus aliadas más honestas. ¿Qué emoción estuviste evitando? ¿Qué pasaría si le dieras la bienvenida?

Con cariño, María Laura
Uncoachenti

¿Te resonó esto? Recibí una reflexión así cada mes, directo en tu correo.

Suscribirme al newsletter

¿Preferís hablarlo directamente?

Reservá tu sesión de Descubrimiento gratuita →

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *